Skip to main content

“Dicen que el tiempo guarda en las bastillas las cosas que el hombre olvidó”

Fernando Ubiergo

Alzado contra el viento, un estandarte marca la marcha. Su bordado, entorchado que se curva con el viento que sopla en contra, da cuenta de quienes lo sostienen. Si hay una voz capaz de hacer lo mismo y no perder su color ante el tiempo que quema los días, es Pedro Lemebel.

Llegar a ser rotundo, indiscutible tanto en su discurso como en el argumento que esgrime, es un privilegio rara vez sostenido después de la muerte. Y Lemebel extrae, enrevesado en su decir distinto, en su cansino rosario nocturno, lo que brilla y lo que duele del mapa que habita, el Chile desmembrado y falto de la memoria que él registra y enrostra sin miedo ni asco a quien asome su olvido en medio de la “cueca democrática”.

Está también la cuestión de la inscripción en Lemebel, en cómo concibe la escritura o en cómo se percibe esa concepción. Mientras en Sarduy se piensa como bordado o relieve y en Lamborghini la escritura deviene tajo, en el chileno transita un área intermedia, un espacio herido y florido al mismo tiempo: hay un habla emborrachada, pero no derechamente ebria o embotada. Más que textura, se trata de volumen; más que herida, se trata de proyectar las cicatrices del tiempo. Así, en Ronald Wood, abre el cajón y desempolva un recuero doble que presenta en tres dimensiones: el color militarizado de aquel ambiente, el olor lacrimógeno de una etapa siniestra y los sabores confusos de una infancia que se abría con madurez a una hombría que le costaría la vida. Elocuente, la imagen de la manzana mordida implica un signo cuya potencia atraviesa el relato: expone el pecado original de la pobreza, del osar ser rebelde en una sociedad dictatorial, de la consciencia que manifiesta al buscar complicidad en aquel profesor que supo recoger sus inquietudes y despertar su necesidad de abrazar el deber de cumplir con los sueños, aunque en ello se haga pedazos la vida.

En otro momento elocuente—entre las muchas perlas del volumen—yace un grito de furia y dolor. En La Leva, es el retrato del horror cotidiano convertido en costumbre, disfrazado de una envidia que, finalmente se materializa en la desidia de un crimen con la luz apagada, una mal habida “justicia” contra quien se yergue un poco más para mirar más lejos. Haciéndose a un lado del detalle y la reacción fácil, el cronista va sembrando rabia y consternación, al mismo tiempo que va exponiendo la memoria frágil y—a veces—mal intencionada de una muchedumbre sumida en la televisión y el consumo, haciendo una copia infeliz del edén que (también denuncia) implantan en los medios.

En esta búsqueda sin final y escaramuza permanente, Lemebel presenta sus perlas, cicatrices y principios de manera precisa, pero también original. Su escritura, como su vida, ha sido una escuela inasible para las nuevas generaciones, pero marcada a fuego en la memoria colectiva de la literatura chilena y latinoamericana. A partir de él, ¨todo es cancha¨ en el campo liminal de la periferia.