Skip to main content

A Rocío Uchofen, por años de amistad.

La señora Prentiss sobrevivió finalmente a su viaje a China. En su viejo departamento en Nueva York, un gato la espera. A decir verdad, mi mundo se reduce a ella. Antes me cuidaba Carla, que me dejó aquí antes de mudarse a Nueva Jersey. Según comentó, después regresaría a su país natal en Sudamérica. Cansado de ausencias (aunque independiente, adoro a mi actual dueña) por las noches me asusto de las lluvias intempestivas y los bullicios urbanos son  enloquecedores sin Prentiss. Sobre todo, desde que está a mi cargo Alma, la vecina que se encargó de mí hasta ahora. He dejado de maullar en señal de protesta. No me gusta mucho esta mujer, algo distinto en la atmósfera cuando está se pegotea en  las paredes. Se resienten mis bigotes mientras la oigo y tolero como puedo a los propietarios que suben y bajan por las escaleras y andan con chismes para entretenerse de su aburrida existencia. Más ruidosos que un destartalado tanque en antigua trinchera, me molesta oír  cotilleos lamentables. ¡Vidas narradas!

Afilo, eso sí, mis pezuñas. Y como felino, no pierdo algunas mañas, por ejemplo andar alerta. La añeja madera de las sillas del living colaboran, mis pezuñas se vuelven tijeras, peligrosos cuchillos. Todo, a pura rabia porque extraño a mi dueña y Alma tiene una voz odiosa. Para mimarme (eso cree que hace) imita a una madre que le habla amorosamente a su recién nacido. “Qué quere hacer el bebé esta mañana, ya tomó su lechita y el balanceado, cariñito”, una ofensa a mi inteligencia. Le bostezo, me rasco el lomo, vuelve el  bostezo de hartazgo y dejo la boca bien grande: mi fantasía sería devorarla, con más su mundo básico e ingenuo.

En la planta baja se aloja un escritor que visita semanalmente a Prentiss. No se despega de una pipa de la que sale el humo con que dibuja a veces letras y otras, trajes, libros, mujeres. O será mi imaginación, los gatos disfrutamos de nuestra intuición, por ejemplo que tal vez estos dos terminen juntos por el modo en que se miran. Comeríamos perdices para siempre.

Ruido en la  cerradura. Volvió Prentiss. Deja valijas, se arrodilla y me alza, me toca, nos damos unos besos pudorosos, como los que pueden darse una anciana interesante y un felino fiel, a su  altura. Con su voz adulta, resume algunas vivencias del viaje. Me deja en el sillón del dormitorio, adonde depositó el equipaje y dispone de las prendas que lavará o guardará más tarde.  Huele a perfume. Aunque su ropa y los enseres, a diferencia de mi dueña, expiden olor rancio, mezcla de comida de avión, chicle y aires lejanos; tal vez, arroz frito y pescado crudo picante. Se mete en el baño y conforme la larga estancia en la ducha, presiento que está ocupándose también del pelo. Sale envuelta en un toallón azul. Aroma a champú emana del pelo escondido dentro de un turbante blanco. Las primeras luces del día se filtran a través de la ventana, y yo bostezo, feliz, con el inocultable placer de la compañía que relaja y fluye.

Tocan timbre. Estiro ambas patas delanteras como si fuera a volar. Orejas en alerta, sin embargo. El escritor se anuncia en el marco de la puerta que mi dueña acaba de abrir, un poco ansiosa. Prentiss agradece el ramo de tulipanes en mano de Edgar (ignoramos su verdadero nombre, él dice que se autobautizó así gracias al autor de la caída de la “Casa de Usher”, al que admira). Recibe las flores con ligero gesto, las coloca en una antigua vasija de cristal de Bohemia, amarilla con matices celestes. En la cocina, prepara té chino, y llena mi plato del balanceado. Los Jazmines de la infusión se entrometen, intensos, desde mis fosas nasales hasta el lomo, que arqueo. Enseguida pego un salto hacia donde se encuentra Edgar sentado, afable. Llega el té y participo de la charla de ellos, silente, ni una mueca (mi presencia obligada jamás los incomoda). A menudo, los gatos somos más educados que los niños y los perros  demandantes (pero el  del bar de la esquina duerme en toda calma bajo los rayos del sol de otoño y saluda, inclusive a mí, que no soy canino). Debe de ser que los no humanos no discutimos nunca por las expensas, el hall sucio del edificio ni retrucamos los gritos inesperados de una  fiesta alocada en el noveno; tampoco nos quejamos acerca de la invasión de las ardillas en el parque).

Hablando de ardillas, yo prefiero al Ratón Pérez. El progreso no ahuyentó a esas irrespetuosas, que salen desesperadas de sus  túneles y se aprovechan de los paseantes y turistas que le dan galletitas, etcétera. Alma me contó, durante una mañana brumosa, que cuando a los chicos se les cae un diente, en Sudamérica llega tal ratón y les deja dinero bajo la almohada cuando anochece. Parece que los animalitos de esos parajes lucen solidarios y menos glotones. Supongo que Edgar conocerá la historia, ojalá que escriba sobre niños que renuevan sus dientes y buscan sorpresas bajo la almohada cuando despiertan. No tendré la razón de los humanos, pero me atrapa esta clase de relatos. No hay que estigmatizarnos, el narcisismo felino no siempre es perverso, apoyamos a otras razas y géneros, vivan en la selva, en el Central Park o escondidos en  la  bodega  de un barco.

Prentiss, sentada al lado de Edgar, le echa una mirada confiada y dulce. Ahora, me acaricia y yo, de Alma, lo único que me acuerdo ya es de su ratón latino y de su nieto menor que compensó con tal roedor, dijo,  la caída de dos dientes. Me pasaría horas oyendo cosas de humanos, no tanto de Alma, y escuchando acerca de los libros  que escribe Edgar. Ignoro si  convencerá a Prentiss de hacer pareja. Suelen comentar que  los  poetas y narradores tienen  el don de  la  retórica. Ojalá, pues mi dueña es solitaria y acaso más silente aunque  no goce de los talentos  de la escritura, por ejemplo de andar armando metáforas como si nada. Mi dueña maneja bien su soledad y si se animó a viajar a China, fue gracias a la insistencia de su hermano. Pero una vez exclamó frente al espejo que la vejez asusta, quería apartarse de los demás, excepto de mí. Deduzco, pues, que habrá necesitado  recomponer un vínculo atento a su edad. La relación fraterna se había roto: ella nunca le perdonó al hermano que se fuera de Norteamérica, el país de la eficacia y los resultados. A los no humanos nos  basta el entorno, la naturaleza. No deseamos modificar ni controlar a nadie, nuestra única ambición consiste en comer y beber agua, estar limpios, dormir; que velen por nosotros nuestros dueños o quien nos toque en suerte si optamos por callejear entre techos, cornisas, puentes  y terrazas.

Edgar habla algo sobre las “Alas del deseo” y le cuenta a mi dueña, entusiasmado, que el director de la película Win Wenders reducía los pensamientos de los personajes a expresiones entre paréntesis, lo que él estaba intentando en homenaje a los guiones del alemán y su añorado  Berlín: escribir una novela cuya trama principal estuviera también, entera, entre paréntesis. La señora Prentiss no estaba de acuerdo en absoluto, le replicó que un lector común como ella no comprendería la historia. Yo habría sido menos diplomático,  le hubiera sugerido que se olvidara de sofisticaciones, cuanto más sencillo, mejor. Y hablando de sintientes-no humanos, reconozco que jamás podría compartir la generosidad del Ratón Pérez: soy cazador por excelencia. Cada tanto me trepo a la ventana y adiós, pajaritos. Aunque, claro, no imito la falsa conciencia de la gente, esa hipocresía que transpira entre poro y poro. Asociando al ratón conmigo, me acuerdo de que cuando Carla me dejó en este departamento me cambiaron el nombre por Bepo. Quizá mi apodo inspire a Edgar. Soy un gato doméstico poco literario, pero “Bepo” se vincula a grandes poetas…

Me hago un ovillo, en fin. Y duermo gozoso.

Se acerca la primavera, la  luz – más decidida – alumbra y penetra en el living. Da calor de hogar. Voy y vengo. Edgar y Prentiss piensan casarse. Me subo al  sillón a la espera de Alma, la  vecina-que-“mima”, e intento adivinar what the fuck is The Hampton Bays. Nunca escuché que quienes habitan en este edificio podían darse el lujo de conocer sus playas. Menos, Edgar. Claro que de repente dudo porque una vez él contó que había muerto su hermana, le había dejado una casa en la Bavaria. Mi dueña no se interesa mucho por esas cosas. Vivirá en la nación que gasta, vive a plazos y acumula, sin embargo nunca se dejó llevar por un estilo de vida que no fuera el austero que practica todo el tiempo, quizá por viejas nostalgias o debido a sus convicciones.

Me dejaron el balanceado y nuevamente, como dije, al ligero  cargo de Alma que acaba de ingresar con una bolsa de juguetes gatunos, y comienza, mirándome,  su letanía. “Qué cuenta el lindo bebito, ay, Bepo, te extrañaba, ¿todooo bien, bonico, amorcito?”… y estupideces así. Querría preguntarle acerca del Ratón Pérez. Si apareció dejando alguna sorpresa en su almohada pues cuando sonríe se ve que le faltan tres dientes. ¿Sería generoso solo con los chicos, desinteresándose de los achaques de una vejez sin buena seguridad social? Enciende su teléfono, pone a Frank Sinatra en Spotify. Strangers in the night (morning) somos la vecina y yo.

La noche del sexto día, creo, se abre al fulgor de las sempiternas, lindas estrellas. Alma repite lo del Ratón Pérez y sus nietos, su vida se concentra en ellos, es evidente. Ruido de llaves.

Jamás vi esa cara de desesperado asombro  en Edgar. Busco a mi dueña, salgo al pasillo. La señora Prentiss no está. Se la tragaron las playas, la primavera, habrá habido un accidente…, hipótesis, todas, que durante la ventosa mañana siguiente guían al agente de policía que nos visita: Alma denunció, imprudente, su desaparición, desconfiando de Edgar. Prentiss al fin había muerto de un síncope en los Hamptons, según la autopsia. Ignoro el transcurso del tiempo. El mío lo marcan el tic toc del reloj de pared de la cocina, las bocinas y gritos en el vecindario, puertas que se abren y cierran sin ella. Doy vueltas, no me resigno a quedarme bajo el cuidado del Ratón Pérez, el fantasma latino de Alma, dispuesto a sacudirla y meterla, empática y de bruces, en su posible vida. Prentiss no se le parecía, tampoco yo aunque sea un gato. Y tanto me domesticaron Carla y la señora Prentiss que aunque afile pezuñas, no me atrevo a saltar ahora a la calle. Mi dueña partió. No podría huir desde la ventana  y hacerme de una nueva existencia. El  amor de ellas me hizo daño al fin, porque civilizar a un felino como yo, que desde cachorro fue cazador, contarme historias de generosos roedores y tratarme como una tonta mascota al servicio de la  impune soledad de la vecina, han llenadol la cabeza y mi lomo de una confusión que avanza y baja a mi cola, me asesta un golpe no esperado en mis orejas. Solo me queda la escasa soberanía de mis bigotes y el silencio que heredé de Prentiss.

Pero mi destino, transcurridos estos tristes días, lo decidió, convencido, Edgar. Pernocto en su departamento. Y cuando me vienen unas ganas salvajes de escaparme, él me lee el inicio de su novela, en la que un personaje como yo inaugura la trama. Me dice que obviará los paréntesis, aclara que la semana siguiente en el entierro de mi dueña, al  que acudirán su hermano y la cuñada desde China, yo seré el que arroje los blancos tulipanes que él continuará comprando hasta que muera él y muera yo. Entretanto, intento seguir sin la señora Prentiss y sus caricias. Y me pongo contento, la verdad, de haber conocido la historia del Ratón Pérez. Por los nietos del mundo. Cuando menos otro animal like me, sobrevivirá para regocijo  de nuevas generaciones. Y queda Edgar, que no escribirá como Poe (confesaba mi dueña) pero me habla como al gato Bepo que inspiró mi sobrenombre.

 


 

*Paula Winkler, narradora y ensayista argentina. Semióloga, jurista. Colaboradora permanente del Diario valenciano Siglo XXI, de la Revista Letralia y del magazine https://elquiddelacuestion.com.ar/ Ha sido investigadora y docente universitaria. Tiene más de doce libros publicados. Entre estos, novelas, un poemario (en libro objeto, libro de artista) y cuentos, crónicas y relatos. Destacan (últimamente) “Sabias, santas, rebeldes”, novela histórica sobre Santa Brígida de Suecia y las Beguinas, Diotima: Buenos Aires, 2024 y “La casa está en orden”, cuentos, Ápeiron: Madrid,  2025.